Esto es a lo que podría parecer la geo-ingeniería localizada.

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Traducido por Brenda Moreno Espinosa

Si adaptamos nuestras ciudades y cambiamos la forma en que cultivamos, podríamos desviar el calor del sol para reducir drásticamente las temperaturas extremas, según encuentra un estudio de Nature Geoscience.

Al agregar techos blancos y pavimentos reflectantes en las ciudades, sembrar cultivos cuyas hojas reflejan más el sol y reducir la labranza en áreas agrícolas, podríamos ver temperaturas globales que disminuyan en un estimado de 0.7 ° C. Y a escala regional, esas reducciones son mucho más dramáticas: en todos los continentes, el uso más inteligente de la tierra reduciría las temperaturas diarias extremas en hasta 3 ° C.

La idea de utilizar la superficie de la tierra como una herramienta para desviar el calor cae bajo la bandera de la geoingeniería, una flota de intervenciones a escala global que están diseñadas para mitigar los climas extremos del cambio climático. Algunas de las propuestas más ambiciosas de la geoingeniería son llenar el océano de fertilizante para aumentar su absorción de dióxido de carbono o bombear la atmósfera llena de pequeñas partículas reflectantes que desvían los rayos del sol.

Pero a los críticos les preocupa que estos métodos a gran escala puedan tener un impacto amplio, impredecible e irreversible en el clima mundial, lo que beneficiaría a algunos países al tiempo que empeoraría las condiciones para otros.

Sin embargo, el nuevo estudio, propone cambios localizados en el uso de la tierra que generarían beneficios regionales confinados, siendo un camino potencialmente más seguro.

Para averiguarlo, los investigadores estudiaron ciudades y áreas de cultivo en todo el mundo. Luego estimaron cuánto podría aumentar el albedo (la capacidad de reflexión de una superficie) mediante cambios en las prácticas agrícolas y las estructuras urbanas. Por ejemplo, no labrar después de la cosecha deja residuos de cosecha para cubrir el suelo, aumentando la reflectividad de la superficie. De manera similar, sembrar cultivos cuyas hojas y tallos sean más reflectantes, y cronometrar el crecimiento de las plantas para que coincida con los períodos de mucho calor, podría aumentar el rebote de calor. Y en las ciudades, los techos blancos y los pavimentos reflectantes ya son conocidos por sus efectos de enfriamiento urbano.

Tras haber estimado la capacidad reflectiva de estos cambios y extrapolarlos a granjas y ciudades de todo el planeta, los investigadores conectaron esos valores en simulaciones de temperaturas globales y regionales. Al observar Norteamérica y Canadá, Europa, India, China y el sudeste asiático, descubrieron que las temperaturas medias diarias descenderían en esas regiones continentales en 1 ° C, mientras que los máximos diarios se reducirían entre 2 y 3 ° C si las granjas y las ciudades hicieran las adaptaciones necesarias.

Estas disminuciones serían especialmente cruciales en partes del mundo donde las temperaturas extremas empeoran las condiciones de vida en las ciudades y amenazan el crecimiento de los cultivos y la seguridad alimentaria. Algunas de las técnicas de cultivo sugeridas podrían incluso proporcionar beneficios ambientales adicionales. Las reducciones en la labranza disminuirían el uso de combustible por parte de los tractores y también dejarían al suelo relativamente sin perturbaciones, lo que aumentaría el almacenamiento de carbono y mantendría el óxido nitroso, un bloqueo de gases de efecto invernadero especialmente poderoso.

La confinación de la geoingeniería a regiones específicas también implica menos riesgos inherentes a los proyectos de ingeniería global, dicen los investigadores.

Sin embargo, no se hacen ilusiones de que su estudio refleje el mundo real: es poco probable que todas las ciudades adopten techos blancos, ni que toda la tierra de cultivo permanezca sin cultivar. “En el mejor de los casos, cualquier esquema de ingeniería climática solo puede ser una parte de una posible solución climática”, concluyen. Pero en el futuro, sugieren que podamos pensar en la capacidad reflexiva de la tierra como una especie de servicio eco-práctico sin explotar, que podría ayudarnos a adaptarnos con cuidado a un mundo cambiante.

Fuente: Seneviratne, et. Alabama. “Gestión radiativa de la tierra como contribuyente a la adaptación y mitigación climática a escala regional.” Nature Geoscience. 2018

Imagen: Pexels

 

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