DAILY SCIENCE

Las sorprendentes motivaciones culturales de nuestro apetito por la carne.
La religión, el empoderamiento económico de las mujeres y la globalización son solo algunos factores que tienen un efecto inesperado en la cantidad de carne que comemos, según un nuevo estudio.
octubre 23, 2019

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Traducido por María Fernanda Enríquez

Los ingresos y los costos no son los únicos factores que deciden cuánta carne consume una población. En cambio, varias características más inesperadas, como la presencia de las mujeres en la fuerza laboral, la globalización y la religión, también tienen un papel considerable en la configuración de la dieta global.

Estos son los sorprendentes hallazgos de un nuevo estudio publicado en la revista Appetite, que propone que si vamos a hacer que nuestros hábitos alimentarios globales sean más sostenibles, debemos tener en cuenta estos factores más sutiles y pasados ​​por alto.

El estudio, dirigido por investigadores noruegos, examinó tres factores principales (económicos, naturales y sociales) del consumo de carne en 137 países. Los impulsores económicos tuvieron un efecto predecible. Descubrieron que por cada aumento de $1000 en el ingreso per cápita a nivel mundial, había un aumento asociado de 1.6 kilogramos en la cantidad de carne consumida por la persona promedio cada año. Por otro lado, si la carne se duplica en precio, en relación con otros alimentos, se produce una sorprendente reducción de 17.8 kilogramos en el consumo de carne por persona, por año.

Pero los investigadores también querían explorar más impulsores inesperados, «para predecir mejor el consumo futuro de carne e identificar los posibles instrumentos que podrían frenarlo», dice Anna Milford, investigadora principal del estudio y científica investigadora del Instituto Noruego de Investigación de bioeconomía. Ella y su equipo descubrieron que las poblaciones que viven en latitudes más altas y frías comen 13.1 kilogramos menos de carne cada año, especialmente de productos cárnicos de rumiantes como la carne de res, en comparación con los que viven en zonas más templadas. Esto es probable porque la cría de ganado requiere una abundancia de grano que no crece tan bien en climas más fríos, lo que hace que la carne esté menos disponible de inmediato o sea más cara en estas regiones.

Esto también subrayó el hecho de que la demanda no necesariamente impulsa la producción; en cambio, los niveles de producción parecen ejercer una mayor influencia en la dieta de las personas que su apetito solo.

Al observar los factores sociales, los investigadores encontraron que las altas tasas de urbanización fueron una de las fuerzas más influyentes que impulsaron el aumento del consumo de carne, junto con el costo y los ingresos. La religión también ejerció una influencia: la proporción de una población musulmana tuvo un profundo efecto en el consumo de carne, lo que provocó una disminución debido a las limitaciones religiosas en torno al consumo de ciertos tipos de carne. Y, quizás lo más interesante, cuantas más mujeres haya en la fuerza laboral, más probable es que una población consuma más carne.  

Los investigadores piensan que la urbanización y el empoderamiento económico de las mujeres tienen este notable efecto, ya que alimentan una cultura de conveniencia en torno a la comida y la cocina. Eso marca el camino para un mayor consumo de carne: «La hipótesis es que las familias donde ambos padres trabajan tienen una mayor necesidad de comida rápida, que se prepara rápidamente, y la carne entra en esta categoría», dice Milford.  

Sorprendentemente, cuando los investigadores midieron los efectos de la globalización en el consumo de carne, descubrieron que la globalización económica, por ejemplo, el aumento del comercio, en realidad disminuye el consumo de carne. Pero la globalización social (interacciones con personas de otros países), a la inversa, lo impulsó.  

Por lo general, los análisis sobre el consumo de carne se centran solo en los impulsores económicos. Pero eso corre el riesgo de pasar por alto el papel de otros factores más sutiles que los investigadores exploran en el estudio actual. Y al revelar estas otras influencias, el estudio destaca algunas vías inexploradas para el cambio.

Por ejemplo, aprovechar el deseo de conveniencia de las personas, especialmente con una población cada vez más urbanizada y una fuerza laboral que incluye mujeres, podría contribuir en gran medida a cambiar la forma en que comen estas poblaciones influyentes. «Esto significa que una mayor disponibilidad de alimentos de conveniencia que reemplazan la carne a base de plantas, podría ser una medida para reducir el consumo de carne», explica Milford, como un ejemplo.

Del mismo modo, la clara influencia de la globalización social significa que debería ser posible «crear una cultura que se centre más en los alimentos a base de plantas, que también se puede propagar a otros países a través de la globalización», agrega.

Teniendo en cuenta que entre 1961 y 2011, el consumo de carne per cápita creció un 75%, con enormes ramificaciones para el planeta, todo esto podría ser una pista crucial para resolver este gran desafío de nuestros tiempos.

Fuente: Milford et. al. «Drivers of meat consumption.» Appetite. 2019.

Imagen: erratic0101

 

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